martes, 3 de marzo de 2026

OTRA GUERRA IMPERIALISTA: CUANDO LAS BOMBAS Y LA FUERZA SUPLANTAN A LA POLÍTICA Y A LA DIPLOMACIA.


El pasado 28 de febrero el mundo occidental despertó con la noticia del bombardeo estadounidense e israelí sobre la República Islámica de Irán. La denominada Operación Furia Épica había iniciado. La acumulación de fuerzas anglosionistas en la región de Asia Occidental al presagiaba la desgracia que observamos. La comunidad internacional hizo muy poco para evitar la conflagración que ya afecta a toda la región e involucra a gran parte del mundo.

La guerra es la expresión más realista de la bestialidad humana. La alianza anglosionista que destruyó a Palestina y a otros países, ha caído sobre la República Islámica de Irán. Y cuando asesinar niños, matar a millones, destruir países, contaminar continentes no escandalice a la llamada comunidad internacional estamos ante una deriva destructiva que espanta.

El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán no puede entenderse como un hecho aislado ni como una reacción coyuntural. Es la continuación lógica de una política de guerra permanente, donde el uso de la fuerza no es una excepción, sino un método regular de dominación.

La acumulación militar previa en la región indicaba que la decisión estaba tomada con antelación. El bombardeo no respondió a una urgencia inmediata, sino a una planificación estratégica. En ese marco, el asesinato de un líder espiritual y político no constituye un exceso operativo, sino un salto cualitativo deliberado: el traslado del conflicto desde el plano militar al plano civilizatorio. Atacar una figura que condensa autoridad religiosa, legitimidad política y continuidad histórica no disuade; produce radicalización estructural.

Utilizando la misma treta que usaron en Iraq y Libia, rompieron los diálogos de Omán y echaron a caminar la maquinaria de guerra. Pero con ese ataque, el anglosionismo ha dado un salto al vacío. El mundo conoce las pretensiones de sus decrépitos líderes. Trump busca ocultar la crisis estructural que padece su país y Netanyahu recomponer su legitimidad, empujando a la guerra total.

Desde el punto de vista jurídico, la situación es clara. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de los Estados y reconoce el derecho a la legítima defensa. Irán no atacó previamente a ninguno de los Estados agresores. Por tanto, la legalidad internacional no ofrece ambigüedad alguna. Lo que existe no es vacío normativo, sino decisión política de ignorar la norma cuando contradice intereses estratégicos.

Quienes quieran acusar a Irán que vean el artículo 2 de la Carta de la ONU: "Todos los miembros se abstendrán, en sus relaciones internacionales, de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado". Esto debe servir de referencia al momento de buscar culpables y establecer responsabilidades en la creación de conflictos. Estados Unidos e Israel se llevan el galardón como los Estados terroristas del Siglo XX y gran parte del Siglo XXI.

Los halcones trumpistas, arrastrados por Israel y el Complejo Industrial Militar, empeñados en apoderarse de las reservas de petróleo de Irán y cegados por la arrogancia de sus halcones decidieron asesinar al líder espiritual y político del mundo chiíta. Con esa acción, activaron la unificación de esa tendencia religiosa entorno a sus mártires.

Esa decisión no se explica por razones de seguridad, sino por la lógica de una economía política de la guerra. El conflicto beneficia a una estructura corporativa-militar que obtiene ganancias mediante la producción de armamento, la expansión de bases, el control de recursos estratégicos, la venta de tecnología, armas y pertrechos; así como de la reconstrucción de las zonas devastadas. En este esquema, la guerra no es un fracaso del sistema: es una de sus condiciones de funcionamiento.

Al margen de las insinuaciones de si Donald Trump y Benjamín Netanyahu tienen limitaciones mentales que los induce al genocidio y a guerras constantes, habrá que analizar la subordinación de las cúpulas militares a las órdenes de ambos gobernantes. No se trata de patriotismo ni de defensa nacional, sino de obediencia estructural a una cadena de poder donde las decisiones se toman lejos del campo de batalla y los costos humanos recaen siempre sobre los mismos. Las guerras se ordenan desde las cúpulas, pero los muertos se cuentan abajo.

Es importante aclarar, que, aunque con las notorias excepciones a la regla, en el pueblo estadounidense predomina la cultura de tolerancia a la guerra que ejecutan sus gobiernos contra otros pueblos. Ha sido así durante más de un siglo. Pagan impuestos, fabrican las armas y ponen soldados que van a la guerra. Que no se alegue inocencia. Toca a la gente rechazar el guerrerismo que practica la corporatocracia pentagonizada que les gobierna.

Otro factor a tomar en cuenta en este contexto, es la “actitud pasiva” de la Federación Rusa y la República Popular China. Si optaran por la contención para evitar una implicación directa, dejarían que Irán enfrente solo la agresión. Esta posición puede responder a cálculos estratégicos de corto plazo, pero debilita el principio de disuasión colectiva dentro del marco del BRICS+. Si un socio puede ser atacado sin consecuencias, el bloque pierde coherencia y credibilidad.

Estados Unidos e Israel repiten así un patrón conocido: Palestina, Iraq, Siria, Libia, Afganistán. Primero se provoca el colapso, luego se acusa a la víctima de terrorismo y finalmente se presenta la destrucción como un mal necesario. La diferencia es que, en este caso, se ha tocado un núcleo civilizatorio con capacidad de respuesta prolongada, no un Estado ya fragmentado.

La evidencia histórica demuestra que Estados Unidos no acepta el surgimiento de potencias que le disputen su hegemonía o que cuestionen su autoridad en la esfera global. Sin embargo, se han asociado y ya dependen en muchos aspectos, del apoyo de Israel, lo que a la larga le caerá como un rayo sobre su estructura de poder. El caso Epstein puede ser el presagio del poder de chantaje del sionismo.

Fiel a su doctrina imperialista, los Estados Unidos buscan cerrar el paso a los países que osan retarle, lo atacan o bloquean bajo el eufemismo de “cambio de régimen”. Ahora, en tiempos de Donald Trump retorna con fuerza el autoritarismo y el guerrerismo como forma de imponer la hegemonía y neutralizar el avance de países o bloques emergente como el BRICS+. Claro, como telón de fondo están la búsqueda de control geoestratégico, el pago de favores a quienes financiaron su campaña, la aguda crisis interna que padece el gobierno y la emergencia de fuerzas progresistas que amenazan con desplazarlo del poder.


Al atacar a Irán, han entrado a las arenas movedizas de los desiertos de Asia Occidental. Fresca en la memoria están las imágenes de la retirada de Afganistán donde fueron a combatir fantasmas. Tras el asesinato del líder espiritual de la Revolución Islámica, cientos de civiles, incluidos niños y a parte de su liderazgo militar, el conflicto entra en un punto de no retorno.

El resultado previsible no es la pacificación, sino la prolongación del conflicto. El asesinato de líderes, la destrucción de infraestructura y la muerte de civiles no reducen la violencia: la trasladan al tiempo largo de la memoria histórica. Cuando la guerra se normaliza y deja de escandalizar, el problema ya no es solo regional, sino sistémico.

Esta no es una guerra más. Es un conflicto de alcance regional que puede provocar la Tercera Guerra Mundial, que a decir de muchos ya se está peleando.  Es un paso adicional hacia un escenario donde la impunidad sustituye a la legalidad y la fuerza reemplaza a la política. En ese contexto, la pregunta relevante no es si habrá respuesta, sino cuánto costará sostener un orden internacional que solo se mantiene mediante la guerra.

Israel ha conseguido que Estados Unidos le allane el camino. Como se sabe, su plan es convertirse en el imperio que controle a Oriente Medio, sirviendo, mientras le convenga, a los intereses de Estados Unidos en la zona. Quien crea que la embestida anglosionista se detendrá en Irán está lejos de entender la geopolítica de la región y la agenda expansionista de Israel.

Con la escalada militar en Medio Oriente, veremos una transformación del orden internacional; así como la consolidación y radicalización del antimperialismo en la región. Además, dado que no será una guerra corta, salvo no se imponga la esquiva sensatez, los efectos en la economía mundial serán devastadores, especialmente para los países que dependen del petróleo. Claro, las empresas se forran de billete, incluidas las vinculadas a la familia de Donald Trump.

Al margen de las ganancias inmediatas que puedan obtener Estados Unidos e Israel, han perdido la legitimidad moral que le quedaba. Al atacar a Irán y matar a su líder espiritual y político cruzaron la línea roja y la Operación Furia Épica puede ser el último clavo en el ataúd del trumpismo. Toca al pueblo estadounidense deshacerse de la bestialidad trumpista y reivindicar su vocación democrática.

Pedir que se impongan las reglas del Derecho Internacional y la diplomacia sobre las fuerzas y las armas no es una idea descabellada. Es lo prudente y sensato para que las controversias entre los Estados se resuelvan en base al diálogo, como manda la Carta de las Naciones Unidas. Pero hasta ahora, la ONU ha sido neutralizada por la OTAN y eso se refleja en su incapacidad para hacer cumplir los principios que la sustentan.

Con el mundo ardiendo, la máquina de manipulación y desinformación del anglosionismo funcionando a toda capacidad, el deber impone estar pendiente a la evolución de los acontecimientos y prestos a reclamar el cese inmediato de las acciones de guerra, para evitar que millones de jóvenes soldados mueran defendiendo los intereses de la corporatocracia pentagonizada.

Hay razones para pensar que ante las dificultades de EE. UU e Israel y sus aliados para doblegar a Irán nos acerca a la guerra nuclear. Le han fallado los cálculos y se enfrascaron en una guerra que será larga, costosa y dolorosa. Todo indica que es una provocación para reiniciar el mundo y reacomodar los intereses anglosionistas. Ojalá se imponga la sensatez para evitar una catástrofe mayor.

Donald Trump, Benjamín Netanyahu y sus socios no encuentran que decir para justificar actos perversos y delitos de lesa humanidad que han cometido en las acciones bélicas que han emprendido. Anima pensar que la Corte Penal Internacional le tiene reservada una sentencia condenatoria por crímenes de guerra y violación sistemática a los derechos humanos en Palestina, Venezuela e Irán.

El impacto económico para los países en vías de desarrollo será demoledor y los pueblos empezarán a pagar los costos de su indiferencia ante las acciones de los señores de la guerra que operan desde la comodidad de sus mansiones, villas y palacios. La agresión a Irán, ya impacta a toda la región y seguramente alcanzará a gran parte del mundo que conocemos.

El ímpetu bestial de los halcones anglosionistas y la avaricia de la corporatocracia pentagonizada que sostiene al imperialismo arrastran y empujan el mundo al abismo. La embestida guerrerista se desliza por una pendiente peligrosa, acelerada por los prejuicios de quienes en el ocaso de sus vidas se proponen destruir en días lo que la civilización ha construido en siglos de sacrificios. Queda evidenciado que estamos frente a "Otra Guerra Imperialista: donde las Bombas y la Fuerza Suplantan a la Política y a la Diplomacia". 

“Que la guerra no nos sea indiferente” como cantó Violeta Parras y que se abran vías de diálogo donde la diplomacia recupere su esplendor. Es cierto que la guerra es un gran negocio para la corporatocracia y las empresas asociadas al Complejo Industrial Militar, pero eso es a costa de la vida y la paz. La guerra mata, mutila, contamina, destruye y genera odio. Por eso hay que oponerse a todas las guerras y trabajar por un mundo ética y humanamente justo.

¡Salvemos la humanidad, trabajando por la paz con soberanía, justicia, libertad y dignidad!